sábado, 25 de febrero de 2012

Tras una noche en vela conseguí cerrar los ojos, aquellos negros y ojerosos ojos que posaban sobre mi pálido rostro. Mis ojeras ya son como de la familia. Mi cuerpo, cada vez más delgado y agotado por el desgaste físico y emocional que vivo. 

Al parecer las drogas no son la solución para curar el mal de amores, escuché decir a un par de personas que se encontraban a mi lado en la estación del metro Balderas de la Ciudad de México. Aquel lugar donde alguna vez asesinaron a un buen hombre por proteger a las personas y que ahora se encuentra en el olvido. Olvidar es una palabra que se dice muy fácil, pero que al igual que ‘amar’ se torna muy complicada al escribirla, al pensarla y al actuarla. 

El simple hecho de pensar en abandonar a una persona que aprecio me pone la piel chinita, ¿olvidarla? NO ES TAN FÁCIL. 

Cerré los ojos un momento, mientras escuchaba aquella canción que tanto me recordaba los momentos bonitos que pasamos y empecé a olvidarme de todo. Un sonido fuerte provocó que abriera los ojos, sólo para darme cuenta que ya me había pasado de estación. 

Las ansias de querer escuchara y de saber cómo se encontraba ya no eran las mismas de días anteriores. Borré el mensaje que estaba a punto de mandarle, guardé mi celular, salí de la estación y decidí caminar sin rumbo por las calles de esta concurrida ciudad. Con los audífonos en los oídos y tomando al aire de la mano fui a un bar al centro de la ciudad donde solía escribir siempre que me sentía triste.

La tristeza es de esas emociones que descontrolan mi vida, y por lo tanto también mis acciones y emociones. Con la mirada cabizbaja, con los ojos al papel y la tinta en la mano, le escribí más que un pensamiento, palabras que pensaba decirle con mi boca. 

La noche me acarició entre sus brazos y ya era hora de regresar a casa, el camino de vuelta fue más tranquilo, hasta que me topé con ellos. 

Dos tipos, una gorra azul cubría el rostro de un tipo alto y fornido, de camisa a rayas y tenis negros. El otro; de cuerpo delgado y una mancha en la cara que parecía un lunar, sacó un revolver apuntándolo directamente a mi rostro y pidiendo le entregara mi pertenencias. No contaba con nada, sólo mi celular, unos papeles de la oficina donde trabajaba y unos cuantos pesos en mi cartera. No cedí. ¿Por qué tenía que entregarles cosas que con esfuerzo y sudor de mi frente yo había comprado? Empujé al delgado haciendo que cayera al suelo y empecé a correr lo más rápido que pude, ¡se escuchó un disparo! Seguí corriendo hasta encontrarme con una pareja la cual se me quedo viendo con rostro de pánico. Yo me sentía cansado, me dolía el pecho y me costaba trabajo respirar, por un segundo incliné la cabeza al suelo para respirar un poco cuando vi que la ropa que portaba tenía sangre, sangre que brotaba de mi pecho y escurría rápidamente hasta mis piernas. 

Asustado pedí apoyo, la ambulancia tardo 20 minutos en llegar, yo me encontraba recostado sobre el pavimento, con mucha sangre y una multitud de personas a mi alrededor. Nunca le pude decir lo que sentía.

Una cuartilla de letras que se resumía a ”muchas gracias” y un simple “adiós”.
Nunca he sabido cómo comenzar una historia, si con un beso narrado o con palabras que tal vez el viento pudiese llevarse. En ocasiones, no es necesario que las cosas tengan una secuencia lógica para ser coherentes, un claro ejemplo: mi vida.

Era una tarde gris, de aquellas que no suelen darse en la ciudad, salía de trabajar y me dirigía con rumbo al norte, donde un calor de hogar me esperaba con los brazos abiertos. Al parecer, un día cualquiera, todo era normal, las personas estresadas, incluyéndome, con los ojos llenos de desesperación por llegar a casa y el cuerpo cansado después de otro día tedioso.

A simple vista, el cansancio ya era una extensión más de mi cuerpo, aquellas oscuras y grandes ojeras que yacían bajo mis negros ojos, eran prueba de la batalla que llevaba día tras día en contra del cansancio, pero aún con un largo recorrido por delante para llegar a casa, traté de relajar mi mente observando el medio que me rodeaba. Encontré gente, de esa que le da sentido a la vida, ancianos, que me hacían recordar a mis abuelos, aún con mucha fuerza de voluntad para seguir adelante, o más bien la necesidad para sobrevivir. ¿A caso nunca se han preguntado de donde sacan tanta fuerza esos viejitos?, realmente es admirable. También me topé con muchas parejas, que a pesar de parecer muy disparejas, entre besos y abrazos, eliminaban cualquier barrera que los sentimientos pudiesen poner, en fin. Al llegar a la terminal, mi sorpresa fue enorme al ver fila de cuerpos estresados que esperaban el mismo transporte que yo, no me quedó de otra y tomé mi lugar al final de la fila, no tuve más opción. Mientras me decidía en comprar unas papas con mucho picante o seguir esperando, sucedió lo inesperado, una sensación cautivadora que desnudaba mi alma y qué entraba por todos y cada uno de mis sentidos, hizo que mi cuerpo actuara de manera independiente a mi mente, fue allí, cuando la sentí por primera vez.

Era algo realmente asombroso, una piel aperlada con ojos negros y grandes, que concluían con unas pestañas que apuntaban al cielo, su cabello largo y rizado, parecía envolverse entre mi cuerpo, su rostro estaba salpicado finamente por pequeñas pecas, como si todas estuvieran ahí para que yo las pudiera contar, y no hace falta hablar de aquella sonrisa, capaz de contagiar el más efímero sentimiento, con unos labios rosados, tan finos y delgados que era imposible no intentar besarlos. Por un momento me sentí en el aire, como en otra dimensión, como quien resucita después de ver un ángel. Su mirada acaparo mi rostro, pero mis ojos tímidos y agotados, perdieron la lucha, lo que provocó terminara viendo al suelo, con la timidez pesando sobre mi cabeza. Cuando logré alzar la mirada, ella ya había subido en el siguiente transporte, en el cual, yo no alcancé lugar.


Mi cuerpo aún no tenía reacción alguna después de aquel momento, y no pude hacer nada, solo esperar el siguiente vehiculo con rumbo a casa. Después de algunos segundos logré dar un paso hacia delante, y partí a descansar, ésta vez no logré conciliar el sueño, el recuerdo de sus ojos me mantuvo despierto todo el camino, lo que provocó deseara una segunda oportunidad para volver a verla.

Todos los días al salir de trabajo corría por llegar a formarme y esperar a volver a verla, sin embargo la respuesta siempre era la misma, parecía que el resultado siempre sería el mismo, pasaron los días y hasta un par de meses sin que pudiera contemplarla de nuevo. Recuerdo una noche que salí de la oficina, fría, como cuando los mejores escritores encuentran sus mejores versos, yo estaba más cansado qué de costumbre, mi aspecto era bastante desalineado, mi cabello negro y grueso, caía sobre mi frente, cubriendo parte de ella, lo que limitaba se pudieran ver aquellas líneas de expresión que con el tiempo, bien me había ganado. Mis ojos irritados gritaban por un pequeño descanso para ser cerrados, la camisa desfajada a franjas blancas, y aquella corbata azul que aún apretaba mi cuello, ya eran parte de mí.

Tomé mi lugar como todas la noches en la interminable fila cuando sin esperar, apareció, y realmente mi aspecto no era sino el más inadecuado para aquella ocasión. Estaba frente a mí, con la misma mirada que había desnudado mi alma aquella ocasión, yo estaba inundado en nervios, pero a pesar de eso tenía guardada una táctica para ese momento, con el simple objetivo de escuchar su voz dirigirse a mi persona. Es más, podría ser algo soso, e inclusive infantil, pero no perdía nada con intentarlo, tomé asiento a su lado y noté que mis manos transpiraban de una forma inusual, mi cuerpo temblaba y mis pensamientos comenzaban a tartamudear. No sé, sí en la vida exista el amor a primera vista, ni siquiera sé si tengo una vida, pero si la tuviera, estaba dispuesto a todo por querer compartirla con ella, y ése era el momento perfecto para iniciar una bella historia de amor.

Al fin el tono de mi voz se dejo escuchar, muy nervioso, con miedo a no saber que decir y tartamudear al pronunciar cualquier palabra.

- Hola – Fue mi primer palabra, acompañada de una sonrisa insegura y temerosa, – lamento molestarte pero, tienes una bella sonrisa y tus ojos me son algo familiares – No me culpen, no sabía que decir.

– Hola – sonrío asustada, –¿Familiares? – Me contestó.

– Si, ¿no me reconoces? Soy Eduardo y vengo del futuro a decirte, que es allá, donde estarás conmigo - Después de un silencio de un par de segundos, una adorable sonrisa se extendió por todo su rostro, tocando mi hombro y agradeciendo por el cumplido, así comenzó nuestra historia. Durante el camino, platicamos de su trabajo y del mío, de su familia, me costaba prestar atención a sus palabras, sobre todo cuando me miraba a los ojos, aquel bello rostro al igual que un ilusionista, me tenía hipnotizado, la platica fue tan amena que parecía nos conocíamos de toda la vida, entre risas, comentarios e historias, el tiempo se fue volando. Así fue un par de veces, optamos por recurrir a llamadas y mensajes por celular para vernos a determinada hora y siempre hacer el viaje más ameno. Solíamos mensajearnos a diario, la invitaba a tomar un café, inclusive los fines de semana íbamos a bailar, a comer o al cine, entre muchas otras cosas, realmente todo era perfecto. Una vez, después de llevarla a su casa, nos dimos un abrazo, de esos que te aprietan fuerte las costillas, y que no quieres soltar a la persona, me hacía sentir mariposas en el estómago, amaba el olor de su cabello, tan semejante al jazmín pero tan suave como la seda, ¡era algo increíble!, al término del abrazo nuestras bocas estuvieron a una mínima distancia de poder tocarse, lo cual me ponía aún más nervioso ya que durante más de seis meses mi corazón había latido al limite máximo cuando estaba con ella, seis meses de amor guardado, y al parecer, ya era tiempo qué ella lo supiera.


Hace un par de semanas, nos vimos en el mismo lugar de siempre, esperando el transporte, no era un día como cualquier otro, ese día, le declararía mi amor, por fin le expresaría todo lo que me hace sentir, le haría saber que moriría por ella si fuera necesario y estaba muy nervioso. Cuando llegó, me recordó la primera que nos conocimos, aquella bella sonrisa, y esos ojos que hacía de mis noches, días, seguían siendo los mismos, o quizá más bellos.

– Tengo algo que decirte – Le dije, y sin darme cuenta, comenzaron a salir un mar de frases y palabras de mi boca, que empaparon todos sus sentidos, de esas palabras de amor, muy cursis tal vez, pero que jamás en la vida olvidaré. – Terminé – le dije, su reacción fue un abrazo con lágrimas que recorrían sus mejillas, parecían diamantes escurriendo por aquellos lindos ojos. Durante pocos segundos el silencio fue abrumador, cuando escuché una melodía salir de su boca y pronunciar: ‘Te amo’. Sorprendido y aún sin reaccionar al escuchar aquella voz que entro por mis oídos, endulzando mi corazón y alegrando mi alma, me sentí tranquilo al saber que era un sentimiento mutuo. Ese momento no pudo terminar mejor que con un abrazo largo y tierno, de esos en los que te das cuenta que tu cuerpo y el de ella, embonan a la perfección.

Ya sobre el transporte, le cedí el paso para que tomara lugar a un junto a la ventana y ya sentado a su lado, no podía contenerme al decirle cuan feliz me hacia y lo mucho que había añorado ese momento, nuestras manos, ya un poco húmedas, nunca intentaron soltarse, besé sus mejillas, y la observaba minuciosamente, realmente nunca conseguí desviar mi mirada de aquellos eclipses que tenia por ojos negros.

Esta vez el camino a casa fue diferente, mi corazón latía más de lo normal, a una velocidad impresionante, que no podía contenerlo dentro de mi pecho.

Su mirada me traspasaba, me emocionaba, y me ponía muy nervioso, esta ocasión, también baje la mirada, pero solo para apuntarla a aquellos labios que a simple vista parecían pétalos de rosa, rojos, besables y con ganas de que estuvieran pegados a los míos. De forma lenta, fui acercando mi rostro hacia el suyo, mi boca con los labios previamente humedecidos se disponían a besarla, fue un impacto asombroso, a más de 100 km/h, lo que provocó que nuestros cuerpos se unieran por un momento, para después salir volando de tan fuerte golpe.

Un auto, que llevaba tal velocidad, impacto el vehiculo donde los dos viajábamos. Para nuestra buena, o mala suerte, el impacto se dio exactamente de su lado, lo que provocó que el auto volcara un par de veces, arrebatándome su vida de inmediato. Corría sangre de mi cuerpo, había mucho dolor y gritos, cuando abrí los ojos, luces blancas y rojas se veían en aquel cielo negro, aquel cielo que me recordaba sus ojos. Más preocupado por su vida que por la mía, con mucho esfuerzo, alcancé a mover los ojos para buscarla, ya que mi cuerpo no me respondía. Nunca solté su mano, ella estaba a mi lado, nuestros dedos aún seguían enlazados, no lograba sentirla, pero mi miraba lo confirmaba. Yo sé que los paramédicos hicieron su mayor esfuerzo…

Hoy a un par de semanas, me encuentro en una cama de hospital, conectado a muchos aparatos, cables a mi alrededor, y personas que lloran por mi salud, que confirman la gravedad de mi estado, mi corazón y mis huesos, se encuentran partidos en mil pedazos, al parecer estoy en estado de coma, y los médicos no me dan mucha esperanza de vida. La vida era algo que ya no me importaba, mi vida se la había regalado a ella, y ahora se encontraba en el cielo, aquel lugar al que yo también quiero llegar.
Un día abrí los ojos y me di cuenta que no era yo. Con el alma joven, el cuerpo cansado y las ideas agotadas decidí ponerme de pie y caminar a la cocina para prepararme algo de almorzar. Para mi sorpresa, recordé que esa semana no había ido al supermercado a surtir mi pinche despensa, y sólo encontré un cuarto de leche a punto de caducar y pan, algo duro por cierto. 

Decidí salir corriendo a buscar algo y terminé encontrando más que comida. Sus ojos, cafés claro observaban hacia una cajetilla de cigarros, de esos cigarros que te dan risa, totalmente de señorita por así decirlo. No sabes cuánto deseaba ser esa cajetilla de cigarros para que me miraras de la misma manera extraña, entre desear estar a tu lado, en tu boca; o botarme y hacerme un lado porque puedo hacerte mucho daño. Su piel sin maquillaje dejaba mostrar lo bonita que era. Las pecas hacían que pareciera chocolate blanco con chispas de chocolate, exactamente del que me gusta. 

Me acerqué fingiendo saber de cigarros y tomé una cajetilla, de esas que suelen fumar mis amigos y que tanto les gustan y con un comentario tonto le dije: "En las cajas no venden cigarros a menores señorita, si quieres te puedo ayudar a sacarlos", esperaba que no tomara mi comentario a mal, ya que le dije niña pero, ¿Acaso no a todas las mujeres les gusta que les digan que se ven menores a su edad?, en fin. 

Con un sonrisa y una cara de asombro volteo y me dijo: "tengo la suficiente edad como para comprar cigarros, y la suficiente inteligencia como para saber que no sabes de cigarros". Comentario que de inmediato me sorprendió y me puso en apuros. Decidí presentarme y vagamente estreché su mano comenzando una platica que terminó en el restaurante del lugar. 

Después de una extensa y amena conversación me despedí de la mejor manera y dejándole una tarjeta con mi número telefónico, tomé mi camino de vuelta a casa con una sensación de querer volverla a ver. 

Ha pasado una semana y aún no sé de ella, pero tengo la certeza que la volveré a ver. Mientras tanto, acudo todas las mañana al mismo lugar, tengo 6 cajetillas de cigarro que no pienso fumar; una por cada día que me he parado en ese lugar sólo, ya hasta compre un encendedor y de verdad que no busco amor, sólo busco alguien a quién prenderle un cigarro cuando lo necesite.